sábado, 18 de junio de 2016

COMO UN PERRO



- Ya. Entonces ¿vas a ir? Anda pues. Ya te puse en la lista -. Me dijo sonriendo.

Estaba pensando en lo genial que se veían sus ojos con el resplandor de la luz amarilla del faro de al lado. Y más con el cabello caído que llevaba para alejarse del estrés de lo que quedaba del día. Era una noche de invierno en Lima. De mis favoritas. Salí de mi penúltima clase, a tomar un café, excusa perfecta para ver si me la cruzaba en el patio. Ahí estaba, conversando con sus amigas. Sí, me funcionó.

- Ya. Sí, voy a ir. Iré con un amigo -. Le dije entre el sorbo del café y una sonrisa nerviosa.

Ella estaba vestida de negro, con camisa blanca. Sabía que le había tocado trabajar ese día. Me alegró verla. Me encantaba que jalara las mangas de la chompa por el frío, para cubrir a medias sus manos. Aquellas que me sujetaban los brazos para pedir que vaya a la fiesta por su cumpleaños. A una discoteca barranquina. Muy de moda entre los jóvenes noventeros, según me enteré después.


***
Dos meses antes había entrado a su aula con el profesor -amigo mío en ese momento por circunstancias que ameritan un relato aparte, y de los buenos-. Estaba ayudándole con el material para el dictado de la clase del día. Una vez terminé de entregar las copias de las diapositivas y las lecturas, me senté en la mesa de al fondo. 

Ella ingresó al aula junto a un grupo de chicas que habían ido al baño, según dijeron para que el profesor las deje entrar. Ella se sentó a mi lado y cogió la mochila gris que estaba a mi lado para sacar sus cosas. Me vio, sonreí y le entregué los materiales. Me miró, agradeció, voltio la vista a la pizarra y cruzó las piernas. 


***
- Ya pues oe, no seas huevón ¡Vamos! Acompáñame -. Le supliqué a mi amigo.
- Oe, que no. Además estoy misio. Ya me gasté lo último que tenía de mi paga del mes -. Me dijo resignado.
- Pero si no vas a pagar nada. Te invitaré la chela -. Le dije. 
- ¿Tiene amigas que están buenas, no? -.
- Sí, te presentaré a un par, ya te lo dije -.
- Ptmr. Ya pues ya. Vamos -. Finalmente accedió. 

Aquel día pasó tremendamente rápido. Entre el trabajo y las clases, no hubo tiempo ni para pensar en el outfit de la noche. Elegí lo clásico: colores sobrios, un jean azul oscuro, zapatillas negras y una camisa. Pasadas las 11:00 pm, saqué lo ahorrado de la semana, y nos fuimos a Barranco. En combi.

- Oe, de verdad sus amigas están buenas, ¿no? -. Me reclamó.
- Que sí. Bueno, hay una que tiene un buen trasero y casi nada arriba. La otra está mejor proporcionada, pero es bonita de cara. Ya las verás. Conociendo tus gustos, te gustará la primera. Aunque tendrás que romper el hielo. No habla mucho -. Le conté.
- Ah ya. Mira que no quiero perder mi tiempo ah -.
- Jaja! Oe huevón, qué tanto me reclamas. ¿No te has visto en el espejo, no? Fácil me dicen: ¿Y quién es este mostro de mierda? Jaja! -. Le dije.
- ¡Calla monsesaso! Vas a ver. Me voy a llevar a las dos y a tu amiga y tú nada de nada -. Me respondió. 


***
Dios. Qué bien caía la falda de sus piernas. Era imposible poner atención a la clase a partir de ese momento. Sentía que de rato en rato me miraba de reojo. Cuando derepente coincidimos. Nos quedamos mirando una eternidad que duró 2 segundos. Lo único que pude atinar a hacer es levantar las cejas y sonreir. Ella hizo lo mismo. Se me acercó y murmuró:

- ¿Tú eres algo del profe? -. Me dijo en voz baja.
- Soy su amigo, le estoy ayudando en esta clase en particular -. Le respondí, también en voz baja, a sabiendas que estaba haciendo lo prohibido: hablar o conversar en plena clase. Sin embargo, en ese momento me pareció la norma más estúpida del mundo.
- Ahh. Pensé que eras su hijo -. Me soltó.
- Jaja! -. Grité. Sí, todo el aula escuchó mi risa. Tuve que disculparme y salir del aula. Con mucha, mucha vergüenza.

Esa tarde no pude regresar a clase. Me fui por un café y a sentarme en una banca del patio. A los minutos vi desde abajo cómo salían todos al intermedio. Mi amigo, el profesor, se me acercó sonriendo. 

- ¿Qué pasó? -. Me preguntó.
- Nada, perdóname. Ella me dijo que pensaba que yo era tu hijo, y me hizo mucha gracia. Fue repentino -. Le dije. 
- No te preocupes. Sólo ten cuidado con esa chica. No es que sea mala, sino que la he visto con otros chicos, y no sería justo que te lleves un mal momento. No sé si me entiendes -.
- Sí, te entiendo. Gracias. Lo sé, es simpática. Pero no creo que pase algo más.- Le dije. 

Pero sí pasó.


***
- ¿Dónde queda esa discoteca? -. Pregunté.
- Oe huevón, ¿No conoces? Si está de moda. La people nice, viene aquí. Es el point del momento -. Me dijo.
- Puta. Discúlpame pues, co-no-ce-dor -. Le contesté.
- Aquí es. Esta casona. Hay cola, conchasumare -. Renegó.
- Ella me dijo que no la haga. Que por estar en lista, diera mi nombre en la entrada y pasara. Una vaina así -. Le dije. 

Dicho y hecho. Di mi nombre. Le dije a la señora de la entrada que éramos 2. Y nos dejaron pasar al instante. Entramos a lo que sería el salón principal de la gran casa. Cual cachimbo en su primer día de clases en la universidad, me quedé atontado por los distintos ambientes que habían dentro. Ambientes que desde afuera eran imposible adivinar que estaban. 

Entre un ambiente y otro habían asientos, muebles, y similares; la mayoría de ellos con parejas besándose y tocándose hasta el alma o grupos de amigos conversando y riéndose de la vida. Música por todos lados y variadas. Barras llenas de gente pidiendo sus tragos y chicas de lo más arregladas. Hacía tiempo que no veía tantas minifaldas reunidas en un sólo lugar. Pero esta noche andaba buscando una en particular.


***
Luego de esa tarde vergonzosa, una cierta complicidad nació. Nos enviábamos mensajes de texto y quedábamos para salir con sus amigos. Era genial. Cada noche de tragos era con gente distinta. Algunos rostros se repetían pero no siempre. Siempre se sentaba a mi lado, entre cada anécdota se reía a mi lado y me cogía el antebrazo con una mano. Manos que cogían las mías para llevarme donde estaba el grupo de la noche, cada vez que llegaba a darle el alcance. 

Me gustaba la manera cómo me miraba. Cómo sonreía al verme. Pensar en ella durante el día era muy fácil. Sin embargo el tiempo me jugaba en contra: teníamos las clases cruzadas. Coincidíamos 3 veces a la semana en las clases de la noche. Ella llevaba cursos de la carrera, yo llevaba un programa de extensión. Por lo que no compartíamos horarios ni clases.

- Ya vas a terminar el programa, ¿no? - Me preguntó una noche que coincidimos, a propósito, en el patio.
- Sí, falta poco -. Le dije
- Y ¿qué planes? ¿Has pensado en trabajar para alguna agencia o harás algo por tu cuenta?, aunque yo te veo más por tu cuenta ah. Jaja! -.
- Sí, es lo más seguro. Jaja! -. Le dije. - ¿Y Tú? -
- Yo ya estoy trabajando en una agencia, aunque ganas no me faltan para hacer algo por mi cuenta. Pero aún debo pensarlo. Este fin de semana vamos a salir un grupo del 304. ¿Vienes? Será el sábado, en Miraflores -.
- Ya pues. Sí. Me avisas la hora y el lugar y te confirmo -. Le dije. - Oye, hagamos algo en algún finde. Vayamos al cine o algo -. Solté.
- Sería genial. Bueno, este fin de semana ya fue, por lo del 304. Podríamos ver el siguiente fin de semana -.

No supe de ella durante dos semanas. Le envié un par de mensajes de texto preguntándole cómo estaba. Me respondió con un mensaje de texto a los días diciéndome que andaba mal. Que no había estado yendo a clases. Le desee que se mejorara y que avisara cuando regresara. Nunca lo hizo.

En la tercera semana, cuando llegaba a clases, desde lejos la vi conversando en el patio con sus amigas. La emoción saltó. Esperé una hora razonable y bajé por un café. Y ahí estaba. Compré el vaso de café, di media vuelta y me encontré con su mirada. Me sonrió y se acercó. 

- ¿Cómo estás? -. Le pregunté.
- Bien. Ya mejor -. Me dijo sonriente. - Oye, el finde voy a celebrar mi cumple en una disco de Barranco. Anda pues -.
- Pucha. no lo sé. He quedado con unos amigos -. Le mentí. - Bueno, vamos a estar dando vueltas en Miraflores. Depende cómo esté porque es cumple de la flaca de uno de ellos y ya había quedado -. Volví a mentir.

"Hace unas semanas te dije para hacer algo, y nunca me respondiste. Vienes de la nada y ¿me pides que vaya a tu cumple? Estás loca. Han sido 2 semanas sin dejar de lado el celular. Todo por un sólo mensaje. Me has tenido cagado todos estos días. He releído tu último mensaje unas mil veces. He pasado las últimas horas de mis últimas noches intentando escribirte un "hola, qué tal" que suene desinteresado pero a la vez incisivo en texto. Así de cojudo. Me has tenido como un perro". Pensé en decirle. Y sí, también tenía la canción de Líbido en la cabeza.

Estaba de negro y se veía fantástica. No. No podía contra esa mirada que no veía hace semanas y menos contra esa sonrisa.

- Ya. Entonces ¿vas a ir? Anda pues. Ya te puse en la lista -. Me dijo sonriendo.


***

- Oe, pero antes de encontrarnos con ella y el grupo, vayamos por mi chela -. Me dijo mi amigo.
- Tamare. Espeso eres oe. Ya ya. Vamos -. Le dije. 

Compré un par. Nos dieron una botella a cada uno. Fueron las chelas más caras que había comprado en lo que iba mi vida. Enseguida nos fuimos con dirección a la zona pachanga. Que es donde me había dicho que estarían a esa hora.

En la entrada del salón estaban las amigas de ella. 

- ¡Hola! ¿cómo están? - Las saludé con cerveza en mano. En seguida les presenté a mi amigo. A quienes saludaron con entusiasmo.
- Ya la hiciste huevón -. Pensaba mientras sonreía y veía cómo se hacían amigos en el momento. Como sospeché, se hizo de la más culona en un abrir y cerrar de ojos. Debía reconocerlo, era bueno para esas cosas.
- ¿Y la cumpleañera? - pregunté en el oído a una de ellas.
- ¡Ahí está, bailando! La de blanco de en medio. Está agarrando con Rubén -. Me dijo.

La noche terminó en ese momento que levanté la mirada.

--

domingo, 18 de enero de 2015

BARCELONA Y YO






Barcelona, luego de Lima, es una de las ciudades en las que más tiempo he pasado. Allí estudié, trabajé y viví durante más de dos años -además cuento el tiempo que voy, dejando ciertos meses-.

En un comienzo, las cosas no fueron fáciles. Sí, como en todo. Barcelona, además de ser una de las ciudades más emblemáticas de España, es también el centro de la cultura catalana. Y como cultura, posee características propias que la definen y diferencian del resto de España. 

Como Comunidad Autónoma, Cataluña posee entidades estatales propias a su Gobierno y administración. Una de las cosas que como extranjero debes hacer es aprender el idioma. No es obligatorio, pero si posees un respeto e interés de integrarte a una sociedad que se encuentra a puertas de recibirte, para mí al menos, es importante. Para ello existen instituciones que brindan gratuitamente clases del idioma Catalán; además hay actividades culturales promovidas por los mismos Ayuntamientos que ayudan a esta integración. 

Además del idioma, para mí fue muy significativo aprender y conocer sus costumbres gastronómicas. Sabemos bien que para cada país, la comida de origen siempre -o casi siempre- será la mejor del mundo. Con la comida en Cataluña aprendí que cada plato de comida -especialmente los típicos- tienen lo suyo, tienen una personalidad propia. Entendiendo así que ninguna comida es mejor que otra, sino que son simplemente distintas. 

“El mejor vino, siempre será el que más te guste”.

Sólo se quiere lo que se conoce. El resto son rumores. Es importante salir y conocer qué hay más allá de los grandes bloques que se conglomeran en medio de la ciudad, y atreverse a conocer los pueblos, y otras ciudades importantes, que juntas articulan la cultura Catalana. Es una experiencia única. Las realidades de cada pueblo y la forma particular que poseen de pronunciar y usar el idioma y las costumbres sociales, es verdaderamente interesante.

Pienso que lo que hice con Cataluña, debe hacerse con cualquier sociedad nueva -para uno mismo- que  se visita o se conoce. Aprender, observar, y difrutar son puntos importantes para poder sacar el máximo provecho a esa experiencia de vida llamada: Intercambio Social. 

--

martes, 13 de enero de 2015

DICIEMBRE HECHO VIERNES

¡Hola!

Sí, lo sé. Este blog lo he dejado un poco abandonado, pero a continuación sabrán el porqué.

El mes pasado, diciembre, fue un mes de muchos planes y viajes. Fue parte de una sorpresa muy bonita, y además de una Navidad bastante diferente y especial para mí. 

Además diciembre marca una nueva etapa en mi vida, y con ella el inicio de nuevas cosas por hacer y metas por cumplir. Este año se me proyecta algo radical y con mucho entusiasmo.

Realicé un viaje sorpresa a Barcelona, y retomé viejos contactos que había dejado en mi visita anterior. Y no pudo cerrarse el mes sin una celebración por Año Nuevo bastante íntima y especial. Fue la primera vez en varios años que lo celebrábamos todos juntos y reunidos. 

Diciembre como les mencioné en el algún tuit, es el día viernes del año. En él casi siempre, se juntan cosas que durante el año no se han dado o que finalmente puedes lograr hacer cosas que no te decidías a realizarlas por temor o limitación. 

Como un buen viernes, diciembre tuvo una bonita mañana, tuvo un atardecer con sabor a nuevo, y un anochecer bastante reflexivo, y además de celebración.

Ya estamos en el 2015, y seguramente ya se han trazado metas para lo que se viene. La verdad es que de tanto escuchar y leer resoluciones, me quedo con la idea de que éstas van dándose en el camino (del cuál ya has trazado el norte). No quiero ir en contra ni "criticar" de mala gana estas actitudes típicas de fin de año, pero es que cuando tienes ganas de hacer algo, realmente las haces sin esperar que ocurra una fecha o acontecimiento especial, salvo que lo amerite; y, claro, este no es el caso.

¡A cada uno de Uds. que tengan un 2015 cargado de éxitos y nuevas cosas siempre por hacer y satisfacer!




--


sábado, 13 de septiembre de 2014

PASEO EN COCHE


Recuerdo que el primer auto que mi papá pudo comprar, allá por los inicios de los 90, fue un Toyota Corolla, de color celeste. Decidió por un Station-Wagon de segunda mano: que también servía para salir los fines de semana con la familia. Con la novedad, vino los viajes a provincias. Y una de las primeras que comenzamos a hacer fue a Ica.

Ir a Ica era toda una aventura en ese entonces. Desde la propuesta de hacer el viaje, los preparativos y el viaje mismo. Las primeras veces, mis padres quedaban con unos amigos: otras 2 familias. A los amigos muy cercanos les decimos de cariño Tío o primos. Así que en este caso nos íbamos con mis primos y tíos. 

La noche antes del viaje siempre acostumbrábamos a alistar las cosas, que no era otra cosa más que meter en la mochila la ropa y demás para hacer o comer en el camino. Yo en particular, no me gustaba hacerme de muchas cosas, pues sabía bien que más disfrutaba del paisaje y lo que pasase durante el camino, que de las cosas que hubieran en la mochila. 

Mi madre siempre me indicaba qué ropa poner y llevar. Háganlo de una vez porque mañana saldremos temprano, nos decía a mi hermano y a mí. Sin embargo, cosas más importantes como quemar un disco con tu música favorita, nos distraía completamente. Claro que al día siguiente nos volcaba de gritos y regaños antes de salir.

Por su lado, mi papá se preocupaba por llevar a lavar el auto en los lavadores automáticos, muy novedosos en esos tiempos. Algunas gasolineras las habían puesto cerca o en sus mismos locales. Sin embargo eran muy caras, y poco a poco fueron desapareciendo. Hoy en día, nos vamos donde “Los Paisas”, y nos lavan el auto por un precio muy reducido. Claro está que lo compensan durante el día, pues va mucha gente llevando sus autos sucios, pero ese es otro tema.

Una vez limpio el auto, comenzábamos a subir las maletas, una encima de otra, tratando de conseguir un inútil orden. Habíamos intentado, años atrás, utilizar las parrillas, estos soportes que van encima del auto para sujetar las maletas, y demás; pero fue inútil: el soporte no soportaba -valga la redundancia- y paramos varias veces a verificar si las cosas aún seguían encima nuestro. Así que a partir de ese entonces decidimos que las cosas irían con nosotros dentro del auto. Lo cual era mejor, porque teníamos lo que quisiéramos coger, a la mano. 

Una vez dentro, emprendíamos la travesía: mi papá tenía por costumbre encender la radio y comenzar a escuchar algo de música variada, no pasaba mucho tiempo hasta que cambiaba a música clásica. Cuando esto ocurría reclamábamos al instante, de lo contrario nos quedábamos dormidos, y mi madre siempre ha sostenido que quienes acompañan al conductor no deben quedarse dormidos, al menos quien va a lado, así que era más que obvio que ella era la primera en reclamar. 


Por mi lado, como había grabado un CD completo de música, me ponía los audífonos y me sumergía en un mar de ritmos. Sin embargo, no toleraba mucho los audífonos puestos, pues pensaba que viajar de esa forma y con tus padres, no era la esencia. Así que siempre que podía, lo evitaba. Y para viajes largos: o bien participo de la conversación o me sumerjo en algún libro para ir comentándolo en el camino. Aunque claro, aprovechando que tengo licencia de conducir, mis padres hacen que tome el volante de tanto en tanto, como para no sentir la pesadez del viaje. 

--
Follow my blog with Bloglovin

martes, 26 de agosto de 2014

LA CHICA DE AL LADO



Había llegado temprano a clases. Casi ni un alma en el salón a esa hora. Y estaba satisfecho, pues durante la mañana los horarios se me habían complicado y llegar tarde no era una opción para mí. Nunca lo es.

Saqué uno de los tantos libros que tengo pendiente de terminar. Lo saqué porque al limpiar mi escritorio el fin de semana, moví algunas cosas que no necesitaba al antiguo armario. Y me puse a ojear algunas cosas de antaño. Conmovido por los recuerdos que cada libro me despierta, decidí coger uno. No por su extensión, sino porque recordé que junté buena parte de mis propinas de entonces para poder hacerme de un ejemplar. 

Lo puse y abrí sobre el escritorio y con lápiz al lado, me puse a ello. Estaba tan entretenido en la lectura que cuando me di cuenta, levanté la cabeza y el salón estaba lleno. Típico de un día lunes. Entre conversaciones, risas, y golpes de las caídas de celulares al piso, decidí guardar el libro y comenzar a sacar los materiales de ese día.

Estaba sentado solo, en la primera fila, adelante. Y esa situación me llenaba de satisfacción. Tenía toda la carpeta para mí, pese a los dos asientos sobrantes de al lado. Sin embargo, no duraría mucho. El profesor ingresó, llamó lista, y enseguida pasó a las diapositivas. No era un típico profesor de diapositivas, las tenía para dar señales de organización; sin embargo, llenaba la clases de conversaciones interesantes y ejemplos maestros, de la propia vida: anécdotas, aventuras, romances. Sin duda, una de mis clases favoritas.

Comenzada la clase, empezaron a llegar los tardones, interrumpiendo ingresa una chica de estatura baja, y escandalosamente vestida: La bulla que hacía con los tacos al caminar hacía que la mirada de la clase volteara a rechazarla en pleno. No contenta con ello, el bolso guardaba mil llaves que sonaban al andar. La casaca que llevaba encima sonaba a plástico, y las pulseras junto a los aretes servían de fondo cuando paraba para ver sitios disponibles alrededor.

Pues sí, el único sitio disponible era el mío. Me miró, la miré de reojo, y enseguida se sentó a mi lado. Llevaba puesto un jean azul con huecos a lo largo de la pierna. Muy de moda en ese entonces. Aparté mis cosas que andaban a lo largo del escritorio, y de inmediato puso su Blackberry encima. Mientras se quitaba la casaca, los tacos no dejaban de sonar en el piso mientras de acomodaba en el asiento. 

Luego del bullicio del largo cierre de su bolso al abrirse, sacó su cuaderno que soltó a medio camino encima del escritorio, y lo acompañó con un grupo de tres lapiceros, que también los soltó sin más. Cruzó las piernas, y por fin podría volcar mi atención en la clase. Sin embargo, no fue así, enseguida comenzaron a llegar sus notificaciones en el WhatsApp. La pantalla del celular se iluminó y enseguida lo cogió. Las teclas plásticas del Blackberry nunca habían hecho tanta bulla y ni habían sido presionadas tan rápidamente. La fuerza con que oprimía las teclas me daban a entender que andaba molesta por algo. Mientras el profesor continuaba la clase.

Hacer que mi atención regrese al hilo de la clase parecía imposible. No había dejado de distraerme la vibración de las notificaciones en el Blackberry, cuando de pronto cogió el bolso nuevamente, abrió el largo cierre, rebuscó entre las interminables cosas que seguramente llevaba, y a continuación sacó lo que parecía era el cargador del celular, seguido por el largo cordón de su enchufe. Se levantó y llevó consigo el Blackberry. El tomacorriente quedaba en la parte inferior de la pared que estaba a mi lado. Y nuevamente el sonar de los tacos.

Dejó el Blackberry en el suelo, regresó a la carpeta, se sentó, cogió el monedero que sacó junto con el cargador y se levantó suspirando. No regresó hasta después que terminó la clase, para mi tranquilidad.

domingo, 24 de agosto de 2014

NOCHE DE CACERÍA


Aquella noche, estaba en una discoteca-bar con un amigo mío. Teníamos 20 años y toda la juventud por delante, por ello habíamos decidido internarnos, en la noche de sábado, a la vida de luces y licor de Barranco. Habíamos ido a un Bar, y con la compra de un vaso de cerveza, ya casi no teníamos dinero suficiente para regresar a casa; así que debíamos aprovechar cada instante, oportunidad, que se presentara durante la noche: sobretodo conocer chicas.

De pronto las teníamos delante nuestro. Eran dos chicas muy simpáticas, “Yo la del escote y tú la de la mini” le dije. Ambas conversaban muy alegremente entre ellas, habíamos estudiado el entorno y al parecer estaban solas. A primera vista, ambos sabíamos que eran mucho mayores que nosotros, pero sin embargo decidimos desplegar nuestras estrategias sobre ellas. 

Sentados en nuestra mesa, con vaso de cerveza fría en mano, tratábamos de hacer contacto visual de alguna forma, no lo lográbamos. Era desesperante, se pasaban los minutos, y sabíamos bien que cada minuto perdido era un minuto de oportunidad para otros Alfas que rondaban alrededor. La única oportunidad que nos quedaba era invitarlas a bailar, sin embargo aún era temprano y en la pista de baile casi no había ningún alma; ello reforzaba la idea del rechazo inmediato.

Recuerdo que la última vez que le hablé a una chica de la nada, fue a través de una apuesta; había estado conversando durante varias tardes con un grupo de amigos acerca de una chica que había entrado a la Academia, y que coincidíamos todos en que era una de las más bonitas del aula. Nadie sabía cómo se llamaba o algún tipo de información adicional. Entonces decidieron hacer una apuesta: quien lograra hablarle y preguntarle cosas, iba a ganar una considerable cantidad de dinero reunido entre todos. Juntamos el dinero y se lo dimos al que ya tenía novia dentro del grupo.

Casi terminando nuestras cervezas, mi amigo se levanta de la mesa y me suelta un: “a la mierda, ahí voy. Si se da, se da”. No me gustaba su determinación. Sabía bien que era un momento inoportuno pues una de ellas, ya estaba mirando a un fulano en la otra esquina del Bar. Sin embargo, no dije nada. Mi amigo comenzó a caminar hacia ellas, con todas las fuerzas de sacar una conversación de buenas a primeras. Tomé un sorbo de cerveza y cuando me di cuenta, se había dirigido al baño. “Maricón” dije sonriendo.

Como a los de mi grupo, me gustaba la nueva chica del aula, y a medida que pasaban los días, más me llamaba la atención. Así que decidí acercarme. Era hora de salida, y todos estaban reunidos en el patio, hablando y despidiéndose. Ella estaba con sus amigas haciendo lo mismo. Cuando vi que se separó del grupo, fui por detrás y ante un respiro profundo solté un “Hola”. Ella voltio y me miró, respondió el Hola con una sonrisa, y enseguida quedó esperando. Me había preocupado tanto en el Hola, que no sabía qué seguía luego. Llené de látigos mis pensamientos y enseguida, entre sonrisas nerviosas, surgió un “Hola. Disculpa que te incomode, pero me gustaría saber cómo te llamas… Es que me pareces una chica interesante y quería preguntarte. Sólo eso”. Mientras mi boca soltaba palabras, mi cerebro no dejaba de repetirme fuertemente un interminable “eresunimbecileresunimbecil”. 

Ella, sonriendo me soltó su nombre. Me preguntó el mío y fueron unos 5 minutos muy bonitos. Borracho de lujuria y de indecisiones propias de un chico de 17, terminé la conversación con un “Bueno, gracias ha sido un placer poder saludarte”. Al día siguiente se lo conté al grupo. No me creyeron. Así que tuve que demostrárselos. Al temirnar el día, antes de irnos, me acerqué nuevamente y la saludé, aún vacilante le pregunté acerca de su día y cómo le estaba yendo con los cursos. Luego de 5 minutos, una de sus amigas la llamó desde lejos y se disculpó pues tenía que irse. Le dije que no había ningún problema. Me sentía ganador, terminé con un "nos vemos mañana". Como consecuencia, el grupo terminó pagándome la apuesta. Ese día había sido el último día de clases. 

Cuando mi amigo regresó del baño, le dije que teníamos que continuar la noche, pues ambas chicas ya habían caído ante una entretenida conversa con otros dos fulanos, mucho mayores en apariencia y con más dinero que nosotros. Secamos el vaso, y enseguida salimos del local rumbo a una noche que recién comenzaba.

@diegoganoza