viernes, 30 de julio de 2010

La perpetua agonía

Los nacionalistas dicen que aman al Perú. Yo no amo al Perú. Me encantaría, pero no puedo. El Perú son millones de personas. No puedo amar a tanta gente. No soy tan amoroso. No me alcanza el amor. No puedo amar a gente que no conozco. Ni siquiera puedo amar a mucha gente que conozco. Si no consigo amar a mis padres, no sé cómo podría amar a todos los peruanos. Es demasiado. Yo amo a mis hijas, pero no al Perú. No puedo amar a tanta gente. No puedo amar a un país entero. (Ribeyro escribió: “El verdadero amor, en la medida en que excluya toda reciprocidad y recompensa, sólo se da en la vía consanguínea. Todo el resto es desvarío, ilusión o accidente”).


Yo no soy nacionalista. No quiero más al país en que nací por decisión de mis padres, que a otros países que conocí en ejercicio de mi libertad. Se quiere a los países en los que se ha sido feliz. Se quiere a los países que uno admira, a los que uno agradece ciertas cosas, en los que uno se siente cómodo de estar en mayoría o, más importante aún, de estar en minoría. Yo admiro más a otros países que al país en que nací. He sido más feliz en otros países (Estados Unidos, Argentina, España) que en el Perú. Pero tampoco creo que sea exacto decir que amo a esos países, a ningún país. Los países son abstracciones colectivas y yo sólo puedo amar a personas, a individuos.


Nací en el Perú por obra del azar. Nadie elige a sus padres ni al país en que nació. Son accidentes benignos o perniciosos o inocuos. Nadie está obligado a amar al pedazo de territorio en que nació. Nadie está obligado a encontrarlo bello o sobrecogedor sólo porque allí fue parido y fue al colegio. El Perú no me parece un país particularmente admirable o glorioso. Me parece un país extraño, inexplicable, aturdido, violento, confuso, autodestructivo. Tampoco creo que sea el país más lindo del mundo, ni su bandera la más vistosa, ni su himno el más conmovedor, ni sus héroes los más heroicos, como me enseñaron en el colegio. Conozco países más lindos y admirables que el Perú. No veo por qué tendría que negarlo sólo porque nací en el Perú.


Nadie tiene por qué asociar su destino personal al destino del país en que nació. Si ese país es violento, irracional, autodestructivo, y la mayor parte de sus habitantes ignoran o repudian las formas civilizadas de convivencia, y se condenan por eso a un destino triste, bárbaro, miserable, no parece justo convertirse en rehén o compañero de ruta de esas personas confundidas, someterse a sus designios y renunciar al sueño personal de vivir con toda la libertad que sea posible. El destino del Perú no es mi destino. El destino de ningún país es mi destino.


Quiero que al país en que nací le vaya bien. No depende de mí, sin embargo. Yo sólo tengo el poder, si acaso, de que a mí me vaya bien o mal. Ni siquiera tengo el poder de que a las personas que más amo les vaya bien o mal. Puedo guiarlas, ayudarlas, aconsejarlas, pero dependerá finalmente de ellas que les vaya bien o mal (y sospecho que les irá mejor si ignoran mis consejos). El destino de una persona puede que sea, con suerte, la suma de sus decisiones individuales, el ejercicio -inteligente o estúpido, valeroso o cobarde, laborioso o pusilánime- de su libertad. Del mismo modo, el destino de un país puede que sea la suma de las decisiones colectivas de cada uno de los individuos que lo componen. Si la mayor parte de esas personas deciden mal, repetida y sistemáticamente mal, y por consiguiente hunden a su país en un destino aciago, sólo caben dos opciones para escapar de las seguras miserias que vendrán y torcer esa suerte malhadada: cambiar el modo en que piensan y deciden esas personas o cambiar de país. Yo sólo puedo hacer lo segundo. Lo otro sobrepasa mis fuerzas.


Espero que al país en que nací le vaya bien. Pero si le va mal, o si incluso le va peor de lo mal que ya le iba, no estoy dispuesto a que a mí también me vaya mal por puro patriotismo, por hacer míos los errores de muchos otros y acompañarlos lealmente hasta el final. Porque, además, los países, a diferencia de las personas, siempre pueden estar peor. Las personas, no: llega un momento en que la decadencia progresiva de su salud acaba con sus vidas. Los países, en cambio, nunca se mueren. Algunos eligen ser saludables, prosperar, aprender de los más sabios y fuertes; otros, como el país en que nací, suelen elegir, por misteriosas razones, el camino del sufrimiento, la decadencia y la perpetua agonía. Y, ya se sabe, nunca se mueren, siempre pueden estar peor.


Mi patria no es el lugar en que nací. Mi patria son mis hijas, mis amores, los libros que me iluminaron, las películas que me conmovieron, cada lugar en que fui fugaz e inesperadamente feliz, cada circunstancia que afirmó mi libertad personal y me hizo ser quien ahora soy. Mi patria son muchas pequeñas patrias y están diseminadas en muchos lugares distintos en los que no me siento un extranjero. (Javier Cercas lo dice bien en Soldados de Salamina, esa espléndida novela: “En cuanto a la patria, bueno, la patria no se sabe bien lo que es, o es simplemente una excusa de la pillería o de la pereza”).


Yo no soy un patriota ni aspiro a serlo. No soy un nacionalista y odiaría serlo. Soy o quiero ser un hombre libre. Y así quiero vivir y morir, aunque no sea en el Perú.

 

JAIME BAYLY
DIARIO 'EL CORREO - PERU'
PAPELES PERDIDOS
www.correoperu.com.pe

domingo, 25 de julio de 2010

Señores pasajeros, damas y caballeros.

Sí, típico. En el Perú, es ya de común compañía durante un viaje en combi, encontrarse que sube en el camino alguno que otro vendedor de golosinas, agujas, lapiceros, etc., y empezar con la frase del título del presente post. Pues curioso es que ello es una imagen más que suficiente para decir que cada realidad social o macroeconómica es distinta en cada país, al menos dentro de sudamérica, y más en el nuestro.

Es aquella venta “informal” de la que hoy en día, muchos peruanos viven y sostienen su hogar. Contándote su historia, representando algún centro de rehabilitación o simplemente porque no hay otra historia más que la verdad. Este trabajo, digno y honrado, es cada vez más frecuente y masivo. En un sólo viaje por la Javier Prado, pueden subirse hasta 5 personas ofreciendo sus productos. Con el estrés del tráfico y la penuria del recorrido del viaje, uno termina asqueado.

Muchos de estos negocios informales terminan por obligar al sistema estatal y privado a amoldarse a ellos, a expedir normas y herramientas documentarias para intentar integrarlos a sí mismo. Como por ejemplo, en los actuales sistemas de admisión para algunas universidades, los requisitos para poder sustentar los gastos familiares, son muchas veces integradores. Es decir, si el padre o madre vende queque en la calle, o es taxista, éstos no tienen forma de sustentar los ingresos que perciben ya que no expiden boleta de venta alguna; en cambio si éstos presentan, para el caso de los queques las boletas de la compra del azúcar, la harina, etc. Entonces sí se tendría una manera razonable de establecer un criterio de selección de escala de pago, o de beca.

miércoles, 21 de julio de 2010

La falta de comunicación, de pausa, y la -mala- costumbre.

Por más estúpido que parezca el título del presente post, nadie me a poder negar lo siguiente:

Así, por ejemplo: hace unas semanas me encontraba en la sala de “pre-embarque”, ésta que hay en el aeropuerto donde sólo entran los pasajeros que tienen que entregar sus maletas que irán en la bodega del avión. Estaba con toda la familia, dispuestos a dejar nuestra carga, nos acercamos al primer mostrador con el logotipo de la aerolínea y antes de ingresar a esta “ventanilla”, donde se encuentra la señorita mala-gracia que te entrega tu ticket de embarque, nos detuvo un tipo preguntándonos si viajábamos en clase “bussiness”, lo cual negamos; entonces, nos envió 10 metros más allá, donde se embarcan los “turistas de sudamérica”; sí, tal cual lo leen: un asqueroso y robusto “WTF?”. Entonces, con todas nuestra chivas, enrumbamos. Una vez ahí, una chica de cabello recogido nos informó sorprendida que la ventanilla correcta era de la que acabábamos de venir. Regresamos. Nuevamente el tipo nos envió hacia la chica, y ésta a su vez, nos devolvió hacia el tipo. Al que le terminó diciendo: Qué? no sabías? ahora los pasajeros que vayan llegando, entregarán sus maletas por esta ventanilla. Así que los recibes. Idiotas. 

Hace unas horas caminaba con mi novia por una casi oscura avenida. Al tomar una dirección, dijimos al al mismo tiempo: “Nohaynadie, no vaya a ser que sea peligroso”. Nohaynadie, seguramente lo has dicho infinidades de veces, por lo que hay dos formas que lo entendemos: la primera, negando una negación (el no´ al nadie´), o sea que hay alguien. La segunda, y -a mi parecer- la correcta, es la de: No, hay nadie. Al hacer la pausa entendemos claramente que la expresión es distinta a la que -la primera- estamos acostumbrados a usar, sin pausa. Entendistessss? Fatal, no? EntendistE?

En derecho se le llama “derecho consuetudinario”, que son - a grandes rasgos- aquellas normas que son recogidas de las costumbres y/o conductas que rigen a una determinada sociedad campesina y que no se encuentran reguladas en el ordenamiento jurídico expresamente, las cuales además son aceptadas por la Constitución, siempre y cuando nos transgredan derechos fundamentales de la persona acusada. El uso continuo de determinados factores que se manifiestan en nuestro quehacer diario terminan convirtiéndose, en lo que “es”, dejando de lado lo que “debería de ser”. Es por ello, que corregir y distinguir lo correcto de lo “masomenos” es ahora exagerado!

 

jueves, 15 de julio de 2010

Ambulantes -ancianos- de la calle

Siempre que he conversado con personas que llegan de otros países, o incluso yo mismo, que he tenido la suerte de poder salir al extranjero; han notado que la primera impresión o “dato curioso” que reciben es la de ver ancianos o sobre todo a niños, caminando por la calle a altas horas de la noche, vendiendo cosas, principalmente en los cruces de las avenidas con semáforos. Eso, para nosotros los nacionales pasa a ser algo, que no debería de ser, de todos los días y por lo mismo, ya nos encontramos acostumbrados a comprarles, a decirles que no o por último, algo que yo nunca me atrevo hacer, a ignorarlos por completo, ni sí ni no. Pero a lo que no estamos acostumbrados por completo, es que nos deseen la muerte ante una negativa!

Iba caminado, hundido en lo que tenía que hacer, y de pronto escucho que me pasan la voz: “Joven, joven! ayúdeme por favor”,debido a que no había ningún otro “joven” alrededor, obviamente se dirigía a mí. Miré y era una señora de edad, una mujer no muy anciana que me empezó a hacer un gesto con la palma de la mano y frotándose los dedos índice y pulgar, o sea, quería dinero. Hubo algo en la manera de pedírmelo que mentí diciéndole que no tenía, que me disculpara pero estaba apurado -que lance la primera piedra aquel que no lo ha hecho alguna vez!-. Entonces, empecé a alejarme de ella, al darle la espalda escuché un “malo!”, la miré extrañado sobre el hombro y enseguida soltó: “ojalá te mueras apurado!”. Mierda.

Desde cuándo uno tiene que asumir los costos de vida de las otras personas, si desde ya estamos cada uno de nosotros envueltos en deudas y costos de los cuales el sueldo de la gran mayoría de nosotros no llega siquiera a sobrar como para darnos el lujo de departir sin más. Por ahí siempre escuchaba un condicionante: Ayuda a tu prójimo. Implica dar dinero todos los días? No pues, no. No te pases. Por medio de las instituciones nosotros, como ciudadanos, aportamos para que haya una “distribución de la riqueza social” para los más necesitados, y no es que cada uno de nosotros aportemos individualmente a cada persona “necesitada” todos los días.

 

 

miércoles, 14 de julio de 2010

Llamadas públicas

Todos los días, como buen ciudadano a pie, tomo la combi para trasladarme. Miro a través de la ventana para distraerme del estrés del transporte urbano. Quién no? Luego, aprovecho la distancia para ponerme a leer. Sí, yo sí puedo leer en una combi.

Sumergido en la lectura, escucho a lo lejos una discusión, conversación. -Wtf?!- Entonces, veo que una chica, algo “chic”, con celular zapito en mano, sube a la combi con un continua conversación acerca de quién sabe qué con quién sabe quien. Sí, tenía el altavoz “encendido”, y la voz de la contraparte era escuchada -de manera incómoda- por todas las personas dentro de la combi. Se sentía clarísimo el reojo de todos los presentes viéndola sentarse y acomodarse, sin dejar la “intrigante” conversación. Hablaban de una tercera conversación, cada frase terminaba con un “manyas”, no faltaba un “weona”, más un continuo “alucina”. Qué asco de lenguaje!

A quién miércoles le interesa tú conversación? Tú, chica o chico “chic”; acaso no sabes que existe un respeto por el derecho a la intimidad el cual implica un espacio de “auto-retiro” –…pues no, no sabes-, de introspección que cada persona realiza en sus momentos de soledad. Sí “weon(a)”, en la combi también existen estos espacios, creados por la misma gente, por cada persona, que se pone a pensar en sus cosas, a imaginarse cosas, a pensar en las posibles soluciones a sus problemas, en lo que tiene que hacer durante el día, y un interminable etc. “Manyas”?

Por último, me importa un pito cómo hables y tu manera de hacerte entender. Lo que no podemos tolerar es esta intromisión. Nada cuesta hablar por el auricular, o bajar el volumen y tu el tono de tu voz. O sea, mientras que encima tenemos que soportar la extasiada forma de conducir del chofer, el desesperado grito del cobrador llamando pasajeros que ni siquiera existen en el improvisado paradero, la contaminación, etc. Tenemos que soportar tu hilarante e “interesante” conversación?

 

martes, 13 de julio de 2010

Un beso? –No...-

He cogido la –mala, no sé- costumbre de realizar una pausa en el trabajo, por la tarde. Hoy no fue la excepción. Inicié la pausa, salí a comprar y a fumarme un cigarrillo. Asombrado, veía la cantidad de estudiantes que salían de un instituto cercano de inglés. Muchos de ellos, uniformados, escolares, púberes. De pronto me dieron ganas de tener sus edades. Qué joda.

Observaba cómo reían, cómo quedaban para el fin de semana, cómo regateaban a la señora del quiosco. Tras la tercera “pitada”, pasó por mi lado una pareja de éstos, chico y chica. Él insistiendo, ella asintiendo. Conversaban, no: él le conversaba. Entonces entendí: de pronto en la esquina, ambos estuvieron cara a cara, ella tratándose de despedir y él tratándole de robar un beso. Ella se negaba avergonzada, obviamente no quería hacerle sentir mal. Él “muy guapo”, insistía y se resentía con cada esquivo. Ella por momentos se dejaba, y al acercársele, se daba cuenta de los huecos en la cara, entonces reaccionaba asustada y se apartaba sonriente. De pronto, ella leyó mis pensamientos y se despidió con un “chau”, tomando como -perfecta- excusa el cambio de luz en el semáforo para poder –deshacerse de él- cruzar la pista y subir a su combi.

Mientras apago el cigarrillo, me pregunto: qué tan difícil puede ser el darse cuenta de un obvio rechazo? de un “hoy no pues, no!”; qué tan difícil puede ser entender que estás poniendo a una persona en una situación totalmente incómoda en donde más que hacerte “querer”, caes odioso y ridículo? …mare!

 

 

 

 

 

lunes, 12 de julio de 2010

Cuán diferentes somos?

Se han dado cuenta de que, ante la necesidad de querer compartir algo nuestro con los demás –familia, amigos, etc.-, muchas veces terminamos afirmando y “reconociendo” que para que nos entiendan, éstos deben estar en nuestros zapatos, en nuestro lugar; de lo contrario, no nos entenderán y mucho menos nos otorgarán una respuesta que pueda –siquiera- satisfacer en lo más mínimo nuestra sedienta angustia y “complejo” problema. Entonces, para qué carajos sentimos aquella necesidad –capricho- de ser escuchados?

Cada situación es distinta. Cada persona es distinta. Cierto, entonces estamos en los mismos zapatos. Jodido. En qué punto convergen? pues, cuando piensan igual respecto a algo y/o nos dan la razón, complementan. Obvio. Cuando ven que la idea es semejante a la propia. Cuando una de ellas considera un tema que no habíamos visto en nuestra complicada trama, la cual nos inclina al primer punto: pensar igual. Etc. Sin embargo, cuando la opinión es totalmente contraria a lo que creemos, pues ya no hay para más, cagan fuera del water, a menos que fallezca lo pasional y lo racional respire –ya sea por su propio peso o ante tanta, pero tanta, insistencia-.

Entonces, para ponernos de acuerdo, las ideas armonizarán cuando estemos convencidos que así son como son. Que no hay más que la conclusión que estamos compartiendo, sea tal cual. Difícil. Tiempo, dónde estás?