domingo, 25 de julio de 2010

Señores pasajeros, damas y caballeros.

Sí, típico. En el Perú, es ya de común compañía durante un viaje en combi, encontrarse que sube en el camino alguno que otro vendedor de golosinas, agujas, lapiceros, etc., y empezar con la frase del título del presente post. Pues curioso es que ello es una imagen más que suficiente para decir que cada realidad social o macroeconómica es distinta en cada país, al menos dentro de sudamérica, y más en el nuestro.

Es aquella venta “informal” de la que hoy en día, muchos peruanos viven y sostienen su hogar. Contándote su historia, representando algún centro de rehabilitación o simplemente porque no hay otra historia más que la verdad. Este trabajo, digno y honrado, es cada vez más frecuente y masivo. En un sólo viaje por la Javier Prado, pueden subirse hasta 5 personas ofreciendo sus productos. Con el estrés del tráfico y la penuria del recorrido del viaje, uno termina asqueado.

Muchos de estos negocios informales terminan por obligar al sistema estatal y privado a amoldarse a ellos, a expedir normas y herramientas documentarias para intentar integrarlos a sí mismo. Como por ejemplo, en los actuales sistemas de admisión para algunas universidades, los requisitos para poder sustentar los gastos familiares, son muchas veces integradores. Es decir, si el padre o madre vende queque en la calle, o es taxista, éstos no tienen forma de sustentar los ingresos que perciben ya que no expiden boleta de venta alguna; en cambio si éstos presentan, para el caso de los queques las boletas de la compra del azúcar, la harina, etc. Entonces sí se tendría una manera razonable de establecer un criterio de selección de escala de pago, o de beca.

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