martes, 26 de agosto de 2014

LA CHICA DE AL LADO



Había llegado temprano a clases. Casi ni un alma en el salón a esa hora. Y estaba satisfecho, pues durante la mañana los horarios se me habían complicado y llegar tarde no era una opción para mí. Nunca lo es.

Saqué uno de los tantos libros que tengo pendiente de terminar. Lo saqué porque al limpiar mi escritorio el fin de semana, moví algunas cosas que no necesitaba al antiguo armario. Y me puse a ojear algunas cosas de antaño. Conmovido por los recuerdos que cada libro me despierta, decidí coger uno. No por su extensión, sino porque recordé que junté buena parte de mis propinas de entonces para poder hacerme de un ejemplar. 

Lo puse y abrí sobre el escritorio y con lápiz al lado, me puse a ello. Estaba tan entretenido en la lectura que cuando me di cuenta, levanté la cabeza y el salón estaba lleno. Típico de un día lunes. Entre conversaciones, risas, y golpes de las caídas de celulares al piso, decidí guardar el libro y comenzar a sacar los materiales de ese día.

Estaba sentado solo, en la primera fila, adelante. Y esa situación me llenaba de satisfacción. Tenía toda la carpeta para mí, pese a los dos asientos sobrantes de al lado. Sin embargo, no duraría mucho. El profesor ingresó, llamó lista, y enseguida pasó a las diapositivas. No era un típico profesor de diapositivas, las tenía para dar señales de organización; sin embargo, llenaba la clases de conversaciones interesantes y ejemplos maestros, de la propia vida: anécdotas, aventuras, romances. Sin duda, una de mis clases favoritas.

Comenzada la clase, empezaron a llegar los tardones, interrumpiendo ingresa una chica de estatura baja, y escandalosamente vestida: La bulla que hacía con los tacos al caminar hacía que la mirada de la clase volteara a rechazarla en pleno. No contenta con ello, el bolso guardaba mil llaves que sonaban al andar. La casaca que llevaba encima sonaba a plástico, y las pulseras junto a los aretes servían de fondo cuando paraba para ver sitios disponibles alrededor.

Pues sí, el único sitio disponible era el mío. Me miró, la miré de reojo, y enseguida se sentó a mi lado. Llevaba puesto un jean azul con huecos a lo largo de la pierna. Muy de moda en ese entonces. Aparté mis cosas que andaban a lo largo del escritorio, y de inmediato puso su Blackberry encima. Mientras se quitaba la casaca, los tacos no dejaban de sonar en el piso mientras de acomodaba en el asiento. 

Luego del bullicio del largo cierre de su bolso al abrirse, sacó su cuaderno que soltó a medio camino encima del escritorio, y lo acompañó con un grupo de tres lapiceros, que también los soltó sin más. Cruzó las piernas, y por fin podría volcar mi atención en la clase. Sin embargo, no fue así, enseguida comenzaron a llegar sus notificaciones en el WhatsApp. La pantalla del celular se iluminó y enseguida lo cogió. Las teclas plásticas del Blackberry nunca habían hecho tanta bulla y ni habían sido presionadas tan rápidamente. La fuerza con que oprimía las teclas me daban a entender que andaba molesta por algo. Mientras el profesor continuaba la clase.

Hacer que mi atención regrese al hilo de la clase parecía imposible. No había dejado de distraerme la vibración de las notificaciones en el Blackberry, cuando de pronto cogió el bolso nuevamente, abrió el largo cierre, rebuscó entre las interminables cosas que seguramente llevaba, y a continuación sacó lo que parecía era el cargador del celular, seguido por el largo cordón de su enchufe. Se levantó y llevó consigo el Blackberry. El tomacorriente quedaba en la parte inferior de la pared que estaba a mi lado. Y nuevamente el sonar de los tacos.

Dejó el Blackberry en el suelo, regresó a la carpeta, se sentó, cogió el monedero que sacó junto con el cargador y se levantó suspirando. No regresó hasta después que terminó la clase, para mi tranquilidad.

domingo, 24 de agosto de 2014

NOCHE DE CACERÍA


Aquella noche, estaba en una discoteca-bar con un amigo mío. Teníamos 20 años y toda la juventud por delante, por ello habíamos decidido internarnos, en la noche de sábado, a la vida de luces y licor de Barranco. Habíamos ido a un Bar, y con la compra de un vaso de cerveza, ya casi no teníamos dinero suficiente para regresar a casa; así que debíamos aprovechar cada instante, oportunidad, que se presentara durante la noche: sobretodo conocer chicas.

De pronto las teníamos delante nuestro. Eran dos chicas muy simpáticas, “Yo la del escote y tú la de la mini” le dije. Ambas conversaban muy alegremente entre ellas, habíamos estudiado el entorno y al parecer estaban solas. A primera vista, ambos sabíamos que eran mucho mayores que nosotros, pero sin embargo decidimos desplegar nuestras estrategias sobre ellas. 

Sentados en nuestra mesa, con vaso de cerveza fría en mano, tratábamos de hacer contacto visual de alguna forma, no lo lográbamos. Era desesperante, se pasaban los minutos, y sabíamos bien que cada minuto perdido era un minuto de oportunidad para otros Alfas que rondaban alrededor. La única oportunidad que nos quedaba era invitarlas a bailar, sin embargo aún era temprano y en la pista de baile casi no había ningún alma; ello reforzaba la idea del rechazo inmediato.

Recuerdo que la última vez que le hablé a una chica de la nada, fue a través de una apuesta; había estado conversando durante varias tardes con un grupo de amigos acerca de una chica que había entrado a la Academia, y que coincidíamos todos en que era una de las más bonitas del aula. Nadie sabía cómo se llamaba o algún tipo de información adicional. Entonces decidieron hacer una apuesta: quien lograra hablarle y preguntarle cosas, iba a ganar una considerable cantidad de dinero reunido entre todos. Juntamos el dinero y se lo dimos al que ya tenía novia dentro del grupo.

Casi terminando nuestras cervezas, mi amigo se levanta de la mesa y me suelta un: “a la mierda, ahí voy. Si se da, se da”. No me gustaba su determinación. Sabía bien que era un momento inoportuno pues una de ellas, ya estaba mirando a un fulano en la otra esquina del Bar. Sin embargo, no dije nada. Mi amigo comenzó a caminar hacia ellas, con todas las fuerzas de sacar una conversación de buenas a primeras. Tomé un sorbo de cerveza y cuando me di cuenta, se había dirigido al baño. “Maricón” dije sonriendo.

Como a los de mi grupo, me gustaba la nueva chica del aula, y a medida que pasaban los días, más me llamaba la atención. Así que decidí acercarme. Era hora de salida, y todos estaban reunidos en el patio, hablando y despidiéndose. Ella estaba con sus amigas haciendo lo mismo. Cuando vi que se separó del grupo, fui por detrás y ante un respiro profundo solté un “Hola”. Ella voltio y me miró, respondió el Hola con una sonrisa, y enseguida quedó esperando. Me había preocupado tanto en el Hola, que no sabía qué seguía luego. Llené de látigos mis pensamientos y enseguida, entre sonrisas nerviosas, surgió un “Hola. Disculpa que te incomode, pero me gustaría saber cómo te llamas… Es que me pareces una chica interesante y quería preguntarte. Sólo eso”. Mientras mi boca soltaba palabras, mi cerebro no dejaba de repetirme fuertemente un interminable “eresunimbecileresunimbecil”. 

Ella, sonriendo me soltó su nombre. Me preguntó el mío y fueron unos 5 minutos muy bonitos. Borracho de lujuria y de indecisiones propias de un chico de 17, terminé la conversación con un “Bueno, gracias ha sido un placer poder saludarte”. Al día siguiente se lo conté al grupo. No me creyeron. Así que tuve que demostrárselos. Al temirnar el día, antes de irnos, me acerqué nuevamente y la saludé, aún vacilante le pregunté acerca de su día y cómo le estaba yendo con los cursos. Luego de 5 minutos, una de sus amigas la llamó desde lejos y se disculpó pues tenía que irse. Le dije que no había ningún problema. Me sentía ganador, terminé con un "nos vemos mañana". Como consecuencia, el grupo terminó pagándome la apuesta. Ese día había sido el último día de clases. 

Cuando mi amigo regresó del baño, le dije que teníamos que continuar la noche, pues ambas chicas ya habían caído ante una entretenida conversa con otros dos fulanos, mucho mayores en apariencia y con más dinero que nosotros. Secamos el vaso, y enseguida salimos del local rumbo a una noche que recién comenzaba.

@diegoganoza

jueves, 21 de agosto de 2014

MI PRIMER TRABAJO


Necesitaba comprar un discman, y no tenía el dinero suficiente. Por no decir, que no tenía nada de dinero. Y es que a mis 15 años, el dinero aún no era un problema del día a día, como sí lo era las tareas de trigonometría y las constantes erecciones, pero eso lo dejaremos para un post futuro. Volvamos a mi etapa: el dinero como necesidad.

La gran mayoría de mi clase ya llegaba con un discman en mano, y compartir música y hablar de grupos de rock era lo más importante por aquellos días de entrante verano, además de los repentinos coqueteos entre la gente del salón, pero como dije ese es otro tema. Debía comprarme uno, y sabía perfectamente que solicitárselo a mi padre no era la solución, al menos inmediata.

Por aquellos días, mi prima había abierto un pequeño restaurante. Necesitaba gente para repartir volantes y hacer un poco de publicidad al menú del día. La paga era de 10 soles por día trabajado. A manera de apoyo e incentivo, conversé con ella y la convencí de que me diera una oportunidad. Aproveché además mi situación como único solicitante del puesto. 

La labor consistía básicamente en repartir los cientos de volantes que había mandado a imprimir la semana anterior a algunas imprentas en el centro de Lima. Debía pararme en el centro de la vía principal del distrito y comenzar a dárselo a la gente que pasaba. Sencillo. Fácil. 

Fui el primer día muy temprano. El menú aún no estaba comprado, pero cogí las propagandas que hacían referencia al restaurante. Era sábado y ya había gente caminando de un lado a otro. Esperaba repartir muchos folletos ese día, y por supuesto a comenzar a juntar dinero.

Cogí el primero del medio ciento que tenía en mano y se lo extendí a un caballero que justo se cruzaba en mi camino. No me lo recibió. No importa. Cogí el mismo folleto y se lo extendí a la señora que pasaba detrás del anterior caballero, me respondió el acto con un: no, gracias. Al tiempo que escucha la negativa vi a una chica que pasaba al lado y le alcancé el que tenía en mano. Al parecer no se dio cuenta y pasó de largo, dejándome el brazo extendido con el folleto en mano.

Como ya se están imaginando, no sería un día fácil. O la gente era despreciable con mi primer día de trabajo o estaba haciendo algo mal. Bajé las revoluciones de la emoción y pensé con calma. Consideré que plantar una sonrisa acompañada con un Buenos Días, antes de dar el folleto sería una buena estrategia, y lo fue.

La siguiente persona que se acercaba a mí era un señor de avanzada edad que caminaba mirando al piso. Me paré en frente de él y le busqué la mirada, le sonreí y lo saludé con un Buenos Días bastante optimista. Le dije que era de un naciente restaurante y que en el folleto encontraría más detalles. Me lo recibió con una sonrisa. Me dijo que le avisaría a su esposa para ir. Nunca más supe del señor. 

Debo aceptar que el cambio de aptitud y pensar bien el perfil de las personas a las que debería entregar el folleto, valió la pena. Corroboré que la sonrisa y los buenos modales abren puertas desconocidas con relativa facilidad y confianza. Y las personas, amigos y amigas, son las puertas más complicadas y enigmáticas por abrir. 

Al final de la tarde ya había ido y venido del restaurante varias veces, y estaba por terminar la cuota del día. Había sido un día demasiado largo para mí, pese a que había pasado sólo seis horas. Pero como sabrán seis horas trabajando para un adolescente es como trabajar más de 12 horas en hora adultos. 

Cogí los 10 soles, convencido que al día siguiente lo haría mucho mejor. Lo sabía porque no sólo llevaba en mano un billete, sino en el alma una satisfacción y convicción que me duraría un buen tiempo.

jueves, 14 de agosto de 2014

COMBI LLENA



Ya estaba pronto a bajar y el micro como suele pasarme muy seguido, se había llenado de gente un par de paraderos antes de llegar a la mía. Estaba sentado al fondo, en la última fila de asientos, y la única puerta que había era la de adelante, al lado del chofer. Había salido de la academia en la que me preparaba para la universidad y llevaba muchas cosas en mi mochila.

Me había tomado muy en serio los estudios y me dedicaba 25 horas al día a estudiar y a darle con mucho esfuerzo a un sueño irrenunciable para mí en esta parte de mi vida. Ya era costumbre llevar todos los días en mi mochila un par de libros llenos de preguntas de examen de admisión y algunos otros de teoría. A ello le sumo el taper de comida y la botella del refresco.

Entonces, como ya podrán suponer, llegar hasta la puerta de salida no iba a ser una tarea para nada fácil. Lo primero que hago siempre es poner la mochila adelante, y cubrir la parte del cierre más grande con una mano. Trato de presionarla hacia mí para ajustar el bulto y poder pasar con más ligereza entre las personas. 

Pido permiso, la señora que estaba hacia la esquina se apresura a mi encuentro y se prepara a sentarse en el lugar que estaba. La entiendo bien pues el señor de la lado ya estaba con los ojos puestos en el asiento. Cuando pasa esto, se la pongo difícil a los varones y me voy hacia ellos, facilitando el camino a las damas. 

Una vez la señora se sienta satisfecha, yo sigo avanzando, levantando el pie tan alto como pueda para no rozar tobillos o caer sobre el pie de alguna otra persona. El pasamanos no ayuda en nada en ese momento, también lleno. Con una sola mano para mantenerme y sobrellevar el equilibrio término por llegar a la mitad del camino. 

Ante una brusca frenada, termino detrás de una chica. Ya Uds. Tendrán la imagen en sus cabezas: ella también llevaba sus cosas adelante y al parecer trabajaba en algún Banco de la zona, lo sigo por el ajustado pantalón sastre que le quedaba muy bien. 

En seguida cojo fuerza y paso de ella con dificultad. El cobrador me ve y me indica que pague el pasaje con sencillo. Mientras que un par de señoras que no usaron desodorante durante ese día, se voltean a mirarme y a tratar de darme espacio para pasar. La lado de ellos un señora que lleva la cesta del mercado no deja de conversar con su amigas sentada al frente de ella. 

El pasillo de angosta al llegar a la puerta delantera. La gente cuando sube no tiene la intención de avanzar mucho, así que la conglomeración en esa zona es de lo peor. Hago una pausa en mi avance y me sostengo sobre mis pies para que la mano desocupada trata de llegar al bolsillo secreto de mi pantalón para sacar el sencillo para pagar el pasaje. 

Nunca tengo suerte para sacar cosas de algún sitio, un ejemplo clásico: las monedas. Cuando tengo sólo dos monedas en el bolsillo, termino sacando la que no necesito. Siempre. Y esta vez no fue la excepción. Por lo que me demoré aún más en llegar ya que tenía que volver a sacar la moneda correcta. 


Paso mi brazo sobre tres personas que están delante mío y que también se alistan a salir, le aviso al cobrador que se cobré mi pasaje, sin embargo no me escucha y debo acercarme más. Pido más permisos para pasar y a continuación llego a la puerta. Ya sin aire termino de pagar y me dejan en el siguiente paradero ya que no había espacio suficiente para que se cuadre y las personas puedan bajar. 

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@diegoganoza

miércoles, 13 de agosto de 2014

SKATE Y YO

Le había cogido cariño a este restaurante. Queda muy cerca del trabajo y te dan refresco gratis con el menú del día. Ese día había tallarines verdes con bistecs de carne como plato de fondo y de entrada un bien montada papa a la huancaína. Sin lugar a dudas, uno de mis menús favoritos de la vida. 

Aquella tarde pasaba por la televisión el campeonato X Games de Skateboarding profesional. Archiconocido en mi adolescencia. De tanto en tanto veía con mi hermano el campeonato para luego salir con mis primos y amigos a montar Skate a la Alameda del distrito. 

Mientras la joven camarera se me acerca y pregunta qué voy a pedir, observo que la transmisión del campeonato no ha cambiado en casi nada: tomas panorámicas, buena música, y gran afluencia de público. Quizá algún que otro protagonista nuevo en la escena del Skate. Pido lo que ya suponen.

Una tarde, uno de mis primos vino y nos dijo al grupo que un próximo domingo se haría un campeonato de Skate en Miraflores y que iba a estar demasiado bueno. Nos mostró el folleto y decidimos ir. Para nuestra edad, en ese momento, salir para una expedición de esas, era toda una aventura; no sólo porque saldríamos sin los padres, sino que además saldríamos hacia algo que nos gusta y divierte. 

El primer plato -la entrada- no tarda en llegar. Como la última vez que vine a comer, se ve buenaso. Limpio el tenedor y cuchillo con la servilleta antes de comenzar a comer, mientras en la televisión anuncian un corte comercial. Mejor, eso me permite concentrar mi entusiasmo por el almuerzo del día. 

Llegó aquel domingo, satisfechos con los méritos y encargos que habíamos hecho durante la semana a nuestros padres para que nos dieran el respectivo permiso, habíamos quedado temprano en el paradero. El campeonato miraflorino era de entrada gratis y se haría en un parque de la zona. Supusimos que habrían mucha gente y que lo mejor era llegar sobre la hora para coger buenos sitios. 

Tras bajar del bus, cogimos una de las calles principales para ubicarnos mejor. Salimos en una de las calles y dimos con el parque. Tal como habíamos supuesto, había buena cantidad de gente. De las cosas que más me entusiasmaron en ese momento era ver a todos con un Skate en la mano. Estaba acostumbrado a vernos sólo a nosotros 6-7 en la Alameda que ver a mucha más gente me entusiasmaba. 

El campeonato había comenzado y en seguida fuimos a ubicarnos. Felizmente las categorías eran estilo calle, así que los saltos y maniobras serían hechas a partir de las zonas del mismo parque; es decir, no había rampas armadas y/o escenarios de por medio. 

Una vez acabada la papa la huancaína, el plato de fondo no estuvo para nada mal. De refresco toco ese día una jarra de maracuyá, lo cual cerraba con broche de oro el almuerzo del día. 


Aquella tarde con el Skate en los pies, aprovechamos el emoción y adrenalina del momento para aprender y practicar aún más las maniobras que no nos salía en la Alameda. Hicimos algunos amigos y sobretodo nos inspiramos a seguir con el entonces deporte callejero. 

domingo, 10 de agosto de 2014

MI ÚLTIMA MADRUGADA


Tengo la costumbre de ir a dormir a las 10 de la noche, y despertarme alrededor de las 6 o 7 de la mañana. Es una costumbre que mis padres lograron incrustar en mi vida, con mayor esfuerzo cuando comenzaba el colegio y buena parte de la adolescencia. Luego, fue la vida que se encargó del resto. 

Ahora mismo es de madrugada y sigo despierto. Cuando me pasa esto, me fastidia tener que lidiar con esperar a quedarme dormido, me fastidia y al mismo tiempo me distrae, y en tanto me distrae me quita el posible sueño que podría asomarse. 

Ahora que recuerdo, hacia bastante tiempo que no pasa esto de quedarme despierto en altas horas de la madrugada. Recuerdo que la última vez que tuve este fastidio para dormir fue durante la época de exámenes finales durante el primer ciclo de la universidad. Sí, habían un par de cursos que debía salvar como sea. Ya no se trataba de nada más, mas que mi propia carrera. La vida no sólo me estaba enseñando a levantarme temprano, sino que además recibía gratis la lección de quitarme el sueño de la nada y que mi cuerpo resistiera menos horas.

Por cierto, siempre me ha caído muy mal la actitud: Ayer me quedé despierto hasta muy de madrugada, llevo tres días sin dormir, necesito un RedBull y un café, no puedo dejar de fumar en épocas de finales, etc.; especialmente cuando se trata de actitudes perjudiciales y son expresadas como si fueran actos de reconocimiento público. No lo es, en nada. 

Aquella noche antes del primer examen final que tenía muy pendiente, comencé a repasar alrededor de las 10 de la noche. Para tener algo qué distraerme, tenía al lado el teléfono y a un par de amigos que estaban igual que yo en el curso: mal. Conversábamos de tanto en tanto. Nos hacíamos preguntas de los temas y de paso nos contábamos algunos chistes súper malos que nos daban risa. Sí. 

Sin embargo, llegando a las 2 de la mañana, comencé a sentir una fuerte aceleración del corazón. Bajé a la cocina a tomar un vaso de agua, pero no se calmó en absoluto. Empecé a respirar profundo, levantaba los brazos y poco a poco caminaba. Fue quizá la sensación más incómoda y desesperante que había tenido hasta esa etapa de mi vida. Mi corazón golpeaba y tamboreaba mi pecho tremendamente. Nunca pensé en las dos tazas de café, ni en el par de cigarrillos de la tarde del día anterior, como causantes de tal angustia; pero de lo que sí pensé fue de que a partir de ese momento las madrugadas de estudio dejarían de existir para mí a partir de ese momento.

Regresé a mi habitación, y caí sobre mi cama. Sentía un descanso placentero que recorría cada parte de mi cuerpo. Cogí el teléfono y me despedí de mis compañeros madrugadores. Me tildaron de maricón luego de que les dije que me iba a dormir, entre risas y bromas finales me fui a descansar.

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sábado, 9 de agosto de 2014

LAS FOTOS Y EL TIEMPO


De pronto, miré a través del lente de la cámara que me habían dado, era de mi tía y habiendo estado sentado mucho rato, según ella, me la dio para que le ayudara con las fotos. Apunté a mis pequeños sobrinos a través del pequeño lente. Todos en fila y sonrientes detrás de la mesa donde estaba la torta del cumpleañero, me quedé pensando en lo grandes que estaban y se les veía, mientras terminaba de regular el enfoque para que quedara ese preciso momento para la eternidad.

Una vez le dije a mi papá que por qué no teníamos una cámara en casa. Sí que había una, de color negra, delgada y angosta; pero era de las antiguas, de esas que le colocas el rollo Kodak, y rezas para que las fotos no se quemen con el revelado. Eran aquellos tiempos donde de tanto en tanto sacabas dos fotos por si acaso. Claramente, mi papá se dio cuenta del sentido de la pregunta, y me respondió que sí, que también había pensado de cambiar la cámara, aunque en un tono dubitativo. No me sorprendió, mi papá siempre ha sido de las personas que se piensa las cosas dos veces, y si tiene tiempo: tres o más. 

Era fácil saber que la foto que resultara iba a ser preciosa. No sólo porque yo era el fotógrafo, obviamente; sino porque esos momentos en los que tienes a la familia tan cerca y el ambiente tan bendecido de cariño, la belleza es un matiz de raíz. Veo a mis sobrinos parados al frente y acomodándose para la mejor imagen, y pienso en mis primos, sus padres/madres; recuerdo cuando los vi en las barrigas de sus madres, y cuando eran muy pequeños. Es inevitable sonreír.

El tono dubitativo de mi papá me hizo entender que era porque posiblemente era un tema de precio de por medio, o porque la que teníamos aún funcionaba. Y si funciona, entiéndase: cumple con sus funciones básicas, entonces no es necesario comprar una más. Siempre pienso que debí insistir, pero quizá es debido a mi falta de interés por la fotografía que lo dejé ahí, además porque tenía siete años.

Presioné el botón y el momento quedó. Miré la pantalla de la cámara. Quedé conforme. Siempre me han gustado las fotos sin flash. Al natural. Levanto la vista y miro a mi tía comunicándole mi aprobación. Ha sido una bonita foto. Veo que la mesa de la torta va quedándose vacía y mientras apago la cámara me pregunto sobre cuánto tiempo pasará para una siguiente foto con los mismos integrantes, o más.

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viernes, 8 de agosto de 2014

SEMÁFORO EN ROJO



Acababa de salir de clases y el tráfico estaba tal como me lo esperaba: estresante. Digo esto no sólo por la cantidad de autos que hay en la ciudad, en sus avenidas, o por lo mal -terrible- que conducen muchos choferes; sino que además, digo que es estresante porque no existe una solución real para remediar este problema, que poco a poco va haciéndose algo normal entre nosotros. 

Allá, por mis doce años de edad, recuerdo que comencé a fastidiar a mi padre para que me enseñara a manejar el auto -automóvil-. Él había comprado un Toyota Corona de color celeste, ideal para los paseos en familia y transportar carga ligera de tanto en tanto para ayudar con el negocio familiar. Era de tracción mecánica, y con problemas típicos de un segunda mano. 

Mientras avanzo por una de las avenidas principales, me toca el color rojo de uno de los tantos semáforos que están a lo largo de la vía. Freno y quedo en la primera fila. Siempre me ha gustado coincidir en esta posición con el auto, porque puedo despejar la vista y distraerme con el pasar de la gente: muchas personas se dirigen hacia el trabajo, otras hacia la escuela y otras hacia su día libre. 

En tanto, recuerdo que mi papá recibió con mucho entusiasmo la idea de enseñarme a conducir el auto. Tanto así que extendió las clases tanto para mi hermano como para mi madre. Desde su punto de vista nos indicó que no era nada complicado manejar, lo único que debíamos tener en cuenta era poder hacer los cambios de velocidad durante la marcha antes que se apague el motor, así como procurar estar siempre al pendiente de los demás autos: conducir en Lima es conducir a la defensiva, nos dijo.

Mientras el segundero del reciente cambiado semáforo comienza con la cuenta regresiva, aprovecho en cambiar la emisora de radio y evitar los espacios publicitarios. Mientras lo hago, diviso entre el tumulto de gente que se prepara en cruzar la vía, a una atractiva chica de cuerpo delgado y vestida en traje -y minifalda-. El cabello lo llevaba suelto y llevaba en el rostro unas gafas oscuras que provocaban la miraba grotesca de los choferes de combi -bus- a mi lado. 

Aún recuerdo bien las primeras indicaciones de mi padre al ponerme al volante. Como era muy pequeño para que mis piernas alcancen y tanteen los pedales del auto, mi papá nos llevó, a mi hermano y a mí, en su falda; tal es así que la primera clase fue sobre cómo llevar el volante del coche. Fue muy entretenido. Aprendí a mantenerme en una sola vía, a esquivar baches, huecos; y estacionarme al lado de la vía bajo la marcha. 

Siempre he dicho que las mujeres con minifalda y tacos elevados despilfarran sensualidad por donde se les vea. Pero a la vez, delatan valentía ante este clima de invierno gris en Lima. Un silbido se escucha a lo lejos, seguido por otros dos. Miro el espejo retrovisor y el chofer del auto que está detrás mío se sonríe al escucharlos, mira a los otros choferes y celebra con ellos. En tanto la chica acelera el paso y termina de salir de la vía. 

Mientras iba al volante aprendiendo a llevar el auto muy alineado y estable, mi padre me decía que debía ir frenando el auto cuando el semáforo esté en amarillo, o que debía ceder el paso al peatón ante una vía de cruce; estas indicaciones no sólo eran una cuestión de mecánica o de simple actitud, se trataban de conductas de respeto mientras uno iba al volante. Por lo que las entendí a cabalidad. 

Ante el repentino avance de alguno autos de mi lado, el semáforo cambió a verde y comencé a avanzar; además me di cuenta que seguía escuchando publicidad en la radio.

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@diegoganoza

jueves, 7 de agosto de 2014

UN BONITO DESPEGUE

El piloto del avión acaba de anunciar al grupo de cabina que estamos a punto de despegar y que pasen a tomar sus respectivos asientos -puestos-. Al menos, eso he terminado entendiendo. Cuando hablan o comunican cosas a través de estos micrófonos dentro de un avión, siempre he pensado que no separan su boca de la cabeza del micrófono para hablar. Me gusta pensar que no soy el único que cree esto. 

Siempre me ha gustado viajar en avión. Recuerdo que cuando era pequeño, con cinco o seis años, mis padres organizaron un viaje al Cuzco, la famosa ciudad -Templo- de los Incas. Allá, por los inicios de los años noventa, cuando la moda era espantosa -según entendidos en el tema-, y Nirvana la estaba comenzando a romper con un nuevo estilo de música proyectándose a la eternidad; volar en avión no era algo muy común.

Temas como el costo del pasaje, sobretodo: escasez de rutas comerciales y a su vez clientes; hacían que un viaje en avión sea cosa de un gran lujo o una oportunidad de aquellas que sólo se presentan una vez en la vida. Quizá esté exagerando, quizá no. Pero si contextualizo esta afirmación, poco alejado me encontraré de la verdad: el Perú no pasaba un buen momento político, social y económico por aquellos años, el tipo de cambio del Dólar Estadounidense contra el Nuevo Sol Peruano era -casi- totalmente impredecible, y los precios de los alimentos y bebidas tampoco estaban en su mejor momento. 


Luego que el piloto anunciara al grupo de cabina sobre nuestro ingreso a la pista de despegue, me acomodé en el asiento y solté un poco el cinturón de seguridad. Miré a través de la ventana del otro extremo para saborear la vista del avance. 

Recuerdo que cuando mis padres me contaron que pronto iríamos al Cuzco en avión. No supe qué pensar exactamente. Pero sí recuerdo que la sola idea de hacer un viaje me entusiasmó mucho. Y lo mejor de todo es que cada vez que siento o planifico un viaje, sigo teniendo ese sentimiento -y puede que también se me delate en el brillo en los ojos-. Cuando giré mi atención al viaje en avión, recuerdo, me preocupé un poco. Había visto dibujos animados y muchas películas sobre viajes, pero nunca -o muy pocas- sobre viajes en avión. Así que lo primero que asumí fue lo visto -y que me gustó- en los primeros libros de colegio: viajes en el espacio. 

Siempre me ha gustado sentarme al lado de ventana: bus, coche, avión, barco, etc. Porque tengo la sensación de libertad, además de poder apreciar los paisajes del viaje. Veo y siento a través de mi ventana a uno de los dos grandes motores que comienza a rugir. Tiembla levemente la cabina, y comienzo a sentir que un empujón en mi pecho que me empuja hacia atrás. 

Cuando le comenté a mi papá sobre mi preocupación del viaje, acerca de cómo haríamos cuando salgamos al espacio, o qué efectos tendremos ante la falta de gravedad; vi cómo se le formó una sonrisa y entre risas inmediatamente me soltó un no. Que no era necesario salir del planeta para ir a otro país, por ahora. Consiguió un mapa y enseguida trazó la ruta que haría el vuelo a Cuzco. Entendí, y seguía igual de entusiasmado. 

El avión ha comenzado a avanzar y el ruido de los motores fabricados por la General Electric comienzan con su trabajo. Prontamente cogemos velocidad y mis pies sienten la vibración que esta produce. Miro a mi alrededor y veo gente en sus asientos muy a lo suyo y a otras muy al pendiente de lo que pasa en esos breves segundos. Vuelvo a mi ventana y seguidamente comenzamos a alejarnos del suelo.