martes, 26 de agosto de 2014

LA CHICA DE AL LADO



Había llegado temprano a clases. Casi ni un alma en el salón a esa hora. Y estaba satisfecho, pues durante la mañana los horarios se me habían complicado y llegar tarde no era una opción para mí. Nunca lo es.

Saqué uno de los tantos libros que tengo pendiente de terminar. Lo saqué porque al limpiar mi escritorio el fin de semana, moví algunas cosas que no necesitaba al antiguo armario. Y me puse a ojear algunas cosas de antaño. Conmovido por los recuerdos que cada libro me despierta, decidí coger uno. No por su extensión, sino porque recordé que junté buena parte de mis propinas de entonces para poder hacerme de un ejemplar. 

Lo puse y abrí sobre el escritorio y con lápiz al lado, me puse a ello. Estaba tan entretenido en la lectura que cuando me di cuenta, levanté la cabeza y el salón estaba lleno. Típico de un día lunes. Entre conversaciones, risas, y golpes de las caídas de celulares al piso, decidí guardar el libro y comenzar a sacar los materiales de ese día.

Estaba sentado solo, en la primera fila, adelante. Y esa situación me llenaba de satisfacción. Tenía toda la carpeta para mí, pese a los dos asientos sobrantes de al lado. Sin embargo, no duraría mucho. El profesor ingresó, llamó lista, y enseguida pasó a las diapositivas. No era un típico profesor de diapositivas, las tenía para dar señales de organización; sin embargo, llenaba la clases de conversaciones interesantes y ejemplos maestros, de la propia vida: anécdotas, aventuras, romances. Sin duda, una de mis clases favoritas.

Comenzada la clase, empezaron a llegar los tardones, interrumpiendo ingresa una chica de estatura baja, y escandalosamente vestida: La bulla que hacía con los tacos al caminar hacía que la mirada de la clase volteara a rechazarla en pleno. No contenta con ello, el bolso guardaba mil llaves que sonaban al andar. La casaca que llevaba encima sonaba a plástico, y las pulseras junto a los aretes servían de fondo cuando paraba para ver sitios disponibles alrededor.

Pues sí, el único sitio disponible era el mío. Me miró, la miré de reojo, y enseguida se sentó a mi lado. Llevaba puesto un jean azul con huecos a lo largo de la pierna. Muy de moda en ese entonces. Aparté mis cosas que andaban a lo largo del escritorio, y de inmediato puso su Blackberry encima. Mientras se quitaba la casaca, los tacos no dejaban de sonar en el piso mientras de acomodaba en el asiento. 

Luego del bullicio del largo cierre de su bolso al abrirse, sacó su cuaderno que soltó a medio camino encima del escritorio, y lo acompañó con un grupo de tres lapiceros, que también los soltó sin más. Cruzó las piernas, y por fin podría volcar mi atención en la clase. Sin embargo, no fue así, enseguida comenzaron a llegar sus notificaciones en el WhatsApp. La pantalla del celular se iluminó y enseguida lo cogió. Las teclas plásticas del Blackberry nunca habían hecho tanta bulla y ni habían sido presionadas tan rápidamente. La fuerza con que oprimía las teclas me daban a entender que andaba molesta por algo. Mientras el profesor continuaba la clase.

Hacer que mi atención regrese al hilo de la clase parecía imposible. No había dejado de distraerme la vibración de las notificaciones en el Blackberry, cuando de pronto cogió el bolso nuevamente, abrió el largo cierre, rebuscó entre las interminables cosas que seguramente llevaba, y a continuación sacó lo que parecía era el cargador del celular, seguido por el largo cordón de su enchufe. Se levantó y llevó consigo el Blackberry. El tomacorriente quedaba en la parte inferior de la pared que estaba a mi lado. Y nuevamente el sonar de los tacos.

Dejó el Blackberry en el suelo, regresó a la carpeta, se sentó, cogió el monedero que sacó junto con el cargador y se levantó suspirando. No regresó hasta después que terminó la clase, para mi tranquilidad.

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