jueves, 21 de agosto de 2014

MI PRIMER TRABAJO


Necesitaba comprar un discman, y no tenía el dinero suficiente. Por no decir, que no tenía nada de dinero. Y es que a mis 15 años, el dinero aún no era un problema del día a día, como sí lo era las tareas de trigonometría y las constantes erecciones, pero eso lo dejaremos para un post futuro. Volvamos a mi etapa: el dinero como necesidad.

La gran mayoría de mi clase ya llegaba con un discman en mano, y compartir música y hablar de grupos de rock era lo más importante por aquellos días de entrante verano, además de los repentinos coqueteos entre la gente del salón, pero como dije ese es otro tema. Debía comprarme uno, y sabía perfectamente que solicitárselo a mi padre no era la solución, al menos inmediata.

Por aquellos días, mi prima había abierto un pequeño restaurante. Necesitaba gente para repartir volantes y hacer un poco de publicidad al menú del día. La paga era de 10 soles por día trabajado. A manera de apoyo e incentivo, conversé con ella y la convencí de que me diera una oportunidad. Aproveché además mi situación como único solicitante del puesto. 

La labor consistía básicamente en repartir los cientos de volantes que había mandado a imprimir la semana anterior a algunas imprentas en el centro de Lima. Debía pararme en el centro de la vía principal del distrito y comenzar a dárselo a la gente que pasaba. Sencillo. Fácil. 

Fui el primer día muy temprano. El menú aún no estaba comprado, pero cogí las propagandas que hacían referencia al restaurante. Era sábado y ya había gente caminando de un lado a otro. Esperaba repartir muchos folletos ese día, y por supuesto a comenzar a juntar dinero.

Cogí el primero del medio ciento que tenía en mano y se lo extendí a un caballero que justo se cruzaba en mi camino. No me lo recibió. No importa. Cogí el mismo folleto y se lo extendí a la señora que pasaba detrás del anterior caballero, me respondió el acto con un: no, gracias. Al tiempo que escucha la negativa vi a una chica que pasaba al lado y le alcancé el que tenía en mano. Al parecer no se dio cuenta y pasó de largo, dejándome el brazo extendido con el folleto en mano.

Como ya se están imaginando, no sería un día fácil. O la gente era despreciable con mi primer día de trabajo o estaba haciendo algo mal. Bajé las revoluciones de la emoción y pensé con calma. Consideré que plantar una sonrisa acompañada con un Buenos Días, antes de dar el folleto sería una buena estrategia, y lo fue.

La siguiente persona que se acercaba a mí era un señor de avanzada edad que caminaba mirando al piso. Me paré en frente de él y le busqué la mirada, le sonreí y lo saludé con un Buenos Días bastante optimista. Le dije que era de un naciente restaurante y que en el folleto encontraría más detalles. Me lo recibió con una sonrisa. Me dijo que le avisaría a su esposa para ir. Nunca más supe del señor. 

Debo aceptar que el cambio de aptitud y pensar bien el perfil de las personas a las que debería entregar el folleto, valió la pena. Corroboré que la sonrisa y los buenos modales abren puertas desconocidas con relativa facilidad y confianza. Y las personas, amigos y amigas, son las puertas más complicadas y enigmáticas por abrir. 

Al final de la tarde ya había ido y venido del restaurante varias veces, y estaba por terminar la cuota del día. Había sido un día demasiado largo para mí, pese a que había pasado sólo seis horas. Pero como sabrán seis horas trabajando para un adolescente es como trabajar más de 12 horas en hora adultos. 

Cogí los 10 soles, convencido que al día siguiente lo haría mucho mejor. Lo sabía porque no sólo llevaba en mano un billete, sino en el alma una satisfacción y convicción que me duraría un buen tiempo.

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