domingo, 10 de agosto de 2014

MI ÚLTIMA MADRUGADA


Tengo la costumbre de ir a dormir a las 10 de la noche, y despertarme alrededor de las 6 o 7 de la mañana. Es una costumbre que mis padres lograron incrustar en mi vida, con mayor esfuerzo cuando comenzaba el colegio y buena parte de la adolescencia. Luego, fue la vida que se encargó del resto. 

Ahora mismo es de madrugada y sigo despierto. Cuando me pasa esto, me fastidia tener que lidiar con esperar a quedarme dormido, me fastidia y al mismo tiempo me distrae, y en tanto me distrae me quita el posible sueño que podría asomarse. 

Ahora que recuerdo, hacia bastante tiempo que no pasa esto de quedarme despierto en altas horas de la madrugada. Recuerdo que la última vez que tuve este fastidio para dormir fue durante la época de exámenes finales durante el primer ciclo de la universidad. Sí, habían un par de cursos que debía salvar como sea. Ya no se trataba de nada más, mas que mi propia carrera. La vida no sólo me estaba enseñando a levantarme temprano, sino que además recibía gratis la lección de quitarme el sueño de la nada y que mi cuerpo resistiera menos horas.

Por cierto, siempre me ha caído muy mal la actitud: Ayer me quedé despierto hasta muy de madrugada, llevo tres días sin dormir, necesito un RedBull y un café, no puedo dejar de fumar en épocas de finales, etc.; especialmente cuando se trata de actitudes perjudiciales y son expresadas como si fueran actos de reconocimiento público. No lo es, en nada. 

Aquella noche antes del primer examen final que tenía muy pendiente, comencé a repasar alrededor de las 10 de la noche. Para tener algo qué distraerme, tenía al lado el teléfono y a un par de amigos que estaban igual que yo en el curso: mal. Conversábamos de tanto en tanto. Nos hacíamos preguntas de los temas y de paso nos contábamos algunos chistes súper malos que nos daban risa. Sí. 

Sin embargo, llegando a las 2 de la mañana, comencé a sentir una fuerte aceleración del corazón. Bajé a la cocina a tomar un vaso de agua, pero no se calmó en absoluto. Empecé a respirar profundo, levantaba los brazos y poco a poco caminaba. Fue quizá la sensación más incómoda y desesperante que había tenido hasta esa etapa de mi vida. Mi corazón golpeaba y tamboreaba mi pecho tremendamente. Nunca pensé en las dos tazas de café, ni en el par de cigarrillos de la tarde del día anterior, como causantes de tal angustia; pero de lo que sí pensé fue de que a partir de ese momento las madrugadas de estudio dejarían de existir para mí a partir de ese momento.

Regresé a mi habitación, y caí sobre mi cama. Sentía un descanso placentero que recorría cada parte de mi cuerpo. Cogí el teléfono y me despedí de mis compañeros madrugadores. Me tildaron de maricón luego de que les dije que me iba a dormir, entre risas y bromas finales me fui a descansar.

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