viernes, 8 de agosto de 2014

SEMÁFORO EN ROJO



Acababa de salir de clases y el tráfico estaba tal como me lo esperaba: estresante. Digo esto no sólo por la cantidad de autos que hay en la ciudad, en sus avenidas, o por lo mal -terrible- que conducen muchos choferes; sino que además, digo que es estresante porque no existe una solución real para remediar este problema, que poco a poco va haciéndose algo normal entre nosotros. 

Allá, por mis doce años de edad, recuerdo que comencé a fastidiar a mi padre para que me enseñara a manejar el auto -automóvil-. Él había comprado un Toyota Corona de color celeste, ideal para los paseos en familia y transportar carga ligera de tanto en tanto para ayudar con el negocio familiar. Era de tracción mecánica, y con problemas típicos de un segunda mano. 

Mientras avanzo por una de las avenidas principales, me toca el color rojo de uno de los tantos semáforos que están a lo largo de la vía. Freno y quedo en la primera fila. Siempre me ha gustado coincidir en esta posición con el auto, porque puedo despejar la vista y distraerme con el pasar de la gente: muchas personas se dirigen hacia el trabajo, otras hacia la escuela y otras hacia su día libre. 

En tanto, recuerdo que mi papá recibió con mucho entusiasmo la idea de enseñarme a conducir el auto. Tanto así que extendió las clases tanto para mi hermano como para mi madre. Desde su punto de vista nos indicó que no era nada complicado manejar, lo único que debíamos tener en cuenta era poder hacer los cambios de velocidad durante la marcha antes que se apague el motor, así como procurar estar siempre al pendiente de los demás autos: conducir en Lima es conducir a la defensiva, nos dijo.

Mientras el segundero del reciente cambiado semáforo comienza con la cuenta regresiva, aprovecho en cambiar la emisora de radio y evitar los espacios publicitarios. Mientras lo hago, diviso entre el tumulto de gente que se prepara en cruzar la vía, a una atractiva chica de cuerpo delgado y vestida en traje -y minifalda-. El cabello lo llevaba suelto y llevaba en el rostro unas gafas oscuras que provocaban la miraba grotesca de los choferes de combi -bus- a mi lado. 

Aún recuerdo bien las primeras indicaciones de mi padre al ponerme al volante. Como era muy pequeño para que mis piernas alcancen y tanteen los pedales del auto, mi papá nos llevó, a mi hermano y a mí, en su falda; tal es así que la primera clase fue sobre cómo llevar el volante del coche. Fue muy entretenido. Aprendí a mantenerme en una sola vía, a esquivar baches, huecos; y estacionarme al lado de la vía bajo la marcha. 

Siempre he dicho que las mujeres con minifalda y tacos elevados despilfarran sensualidad por donde se les vea. Pero a la vez, delatan valentía ante este clima de invierno gris en Lima. Un silbido se escucha a lo lejos, seguido por otros dos. Miro el espejo retrovisor y el chofer del auto que está detrás mío se sonríe al escucharlos, mira a los otros choferes y celebra con ellos. En tanto la chica acelera el paso y termina de salir de la vía. 

Mientras iba al volante aprendiendo a llevar el auto muy alineado y estable, mi padre me decía que debía ir frenando el auto cuando el semáforo esté en amarillo, o que debía ceder el paso al peatón ante una vía de cruce; estas indicaciones no sólo eran una cuestión de mecánica o de simple actitud, se trataban de conductas de respeto mientras uno iba al volante. Por lo que las entendí a cabalidad. 

Ante el repentino avance de alguno autos de mi lado, el semáforo cambió a verde y comencé a avanzar; además me di cuenta que seguía escuchando publicidad en la radio.

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@diegoganoza

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