jueves, 7 de agosto de 2014

UN BONITO DESPEGUE

El piloto del avión acaba de anunciar al grupo de cabina que estamos a punto de despegar y que pasen a tomar sus respectivos asientos -puestos-. Al menos, eso he terminado entendiendo. Cuando hablan o comunican cosas a través de estos micrófonos dentro de un avión, siempre he pensado que no separan su boca de la cabeza del micrófono para hablar. Me gusta pensar que no soy el único que cree esto. 

Siempre me ha gustado viajar en avión. Recuerdo que cuando era pequeño, con cinco o seis años, mis padres organizaron un viaje al Cuzco, la famosa ciudad -Templo- de los Incas. Allá, por los inicios de los años noventa, cuando la moda era espantosa -según entendidos en el tema-, y Nirvana la estaba comenzando a romper con un nuevo estilo de música proyectándose a la eternidad; volar en avión no era algo muy común.

Temas como el costo del pasaje, sobretodo: escasez de rutas comerciales y a su vez clientes; hacían que un viaje en avión sea cosa de un gran lujo o una oportunidad de aquellas que sólo se presentan una vez en la vida. Quizá esté exagerando, quizá no. Pero si contextualizo esta afirmación, poco alejado me encontraré de la verdad: el Perú no pasaba un buen momento político, social y económico por aquellos años, el tipo de cambio del Dólar Estadounidense contra el Nuevo Sol Peruano era -casi- totalmente impredecible, y los precios de los alimentos y bebidas tampoco estaban en su mejor momento. 


Luego que el piloto anunciara al grupo de cabina sobre nuestro ingreso a la pista de despegue, me acomodé en el asiento y solté un poco el cinturón de seguridad. Miré a través de la ventana del otro extremo para saborear la vista del avance. 

Recuerdo que cuando mis padres me contaron que pronto iríamos al Cuzco en avión. No supe qué pensar exactamente. Pero sí recuerdo que la sola idea de hacer un viaje me entusiasmó mucho. Y lo mejor de todo es que cada vez que siento o planifico un viaje, sigo teniendo ese sentimiento -y puede que también se me delate en el brillo en los ojos-. Cuando giré mi atención al viaje en avión, recuerdo, me preocupé un poco. Había visto dibujos animados y muchas películas sobre viajes, pero nunca -o muy pocas- sobre viajes en avión. Así que lo primero que asumí fue lo visto -y que me gustó- en los primeros libros de colegio: viajes en el espacio. 

Siempre me ha gustado sentarme al lado de ventana: bus, coche, avión, barco, etc. Porque tengo la sensación de libertad, además de poder apreciar los paisajes del viaje. Veo y siento a través de mi ventana a uno de los dos grandes motores que comienza a rugir. Tiembla levemente la cabina, y comienzo a sentir que un empujón en mi pecho que me empuja hacia atrás. 

Cuando le comenté a mi papá sobre mi preocupación del viaje, acerca de cómo haríamos cuando salgamos al espacio, o qué efectos tendremos ante la falta de gravedad; vi cómo se le formó una sonrisa y entre risas inmediatamente me soltó un no. Que no era necesario salir del planeta para ir a otro país, por ahora. Consiguió un mapa y enseguida trazó la ruta que haría el vuelo a Cuzco. Entendí, y seguía igual de entusiasmado. 

El avión ha comenzado a avanzar y el ruido de los motores fabricados por la General Electric comienzan con su trabajo. Prontamente cogemos velocidad y mis pies sienten la vibración que esta produce. Miro a mi alrededor y veo gente en sus asientos muy a lo suyo y a otras muy al pendiente de lo que pasa en esos breves segundos. Vuelvo a mi ventana y seguidamente comenzamos a alejarnos del suelo. 

         

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