sábado, 13 de septiembre de 2014

PASEO EN COCHE


Recuerdo que el primer auto que mi papá pudo comprar, allá por los inicios de los 90, fue un Toyota Corolla, de color celeste. Decidió por un Station-Wagon de segunda mano: que también servía para salir los fines de semana con la familia. Con la novedad, vino los viajes a provincias. Y una de las primeras que comenzamos a hacer fue a Ica.

Ir a Ica era toda una aventura en ese entonces. Desde la propuesta de hacer el viaje, los preparativos y el viaje mismo. Las primeras veces, mis padres quedaban con unos amigos: otras 2 familias. A los amigos muy cercanos les decimos de cariño Tío o primos. Así que en este caso nos íbamos con mis primos y tíos. 

La noche antes del viaje siempre acostumbrábamos a alistar las cosas, que no era otra cosa más que meter en la mochila la ropa y demás para hacer o comer en el camino. Yo en particular, no me gustaba hacerme de muchas cosas, pues sabía bien que más disfrutaba del paisaje y lo que pasase durante el camino, que de las cosas que hubieran en la mochila. 

Mi madre siempre me indicaba qué ropa poner y llevar. Háganlo de una vez porque mañana saldremos temprano, nos decía a mi hermano y a mí. Sin embargo, cosas más importantes como quemar un disco con tu música favorita, nos distraía completamente. Claro que al día siguiente nos volcaba de gritos y regaños antes de salir.

Por su lado, mi papá se preocupaba por llevar a lavar el auto en los lavadores automáticos, muy novedosos en esos tiempos. Algunas gasolineras las habían puesto cerca o en sus mismos locales. Sin embargo eran muy caras, y poco a poco fueron desapareciendo. Hoy en día, nos vamos donde “Los Paisas”, y nos lavan el auto por un precio muy reducido. Claro está que lo compensan durante el día, pues va mucha gente llevando sus autos sucios, pero ese es otro tema.

Una vez limpio el auto, comenzábamos a subir las maletas, una encima de otra, tratando de conseguir un inútil orden. Habíamos intentado, años atrás, utilizar las parrillas, estos soportes que van encima del auto para sujetar las maletas, y demás; pero fue inútil: el soporte no soportaba -valga la redundancia- y paramos varias veces a verificar si las cosas aún seguían encima nuestro. Así que a partir de ese entonces decidimos que las cosas irían con nosotros dentro del auto. Lo cual era mejor, porque teníamos lo que quisiéramos coger, a la mano. 

Una vez dentro, emprendíamos la travesía: mi papá tenía por costumbre encender la radio y comenzar a escuchar algo de música variada, no pasaba mucho tiempo hasta que cambiaba a música clásica. Cuando esto ocurría reclamábamos al instante, de lo contrario nos quedábamos dormidos, y mi madre siempre ha sostenido que quienes acompañan al conductor no deben quedarse dormidos, al menos quien va a lado, así que era más que obvio que ella era la primera en reclamar. 


Por mi lado, como había grabado un CD completo de música, me ponía los audífonos y me sumergía en un mar de ritmos. Sin embargo, no toleraba mucho los audífonos puestos, pues pensaba que viajar de esa forma y con tus padres, no era la esencia. Así que siempre que podía, lo evitaba. Y para viajes largos: o bien participo de la conversación o me sumerjo en algún libro para ir comentándolo en el camino. Aunque claro, aprovechando que tengo licencia de conducir, mis padres hacen que tome el volante de tanto en tanto, como para no sentir la pesadez del viaje. 

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